Por momentos, la música no es un refugio: es una herida abierta que aprende a respirar.
Marian —artísticamente conocida como pikk on the sound— no llegó a la música para gustar, sino para sobrevivir. “Es una manera de hacer todo un poco menos doloroso”, dice, y esa frase podría funcionar como manifiesto de una obra cruda, sincera y profundamente emocional, nacida desde lo casero, lo intuitivo y lo necesario.
Una infancia atravesada por el sonido
Su historia comienza mucho antes de subirse a un escenario o grabar una canción. Su madre siempre decía que Marian “bailaba música desde chiquita”. Creció rodeada de sonidos: folklore, samba, canciones de iglesia. Una familia musical que no sólo escuchaba música todo el tiempo, sino que la vivía. Solía ir junto a su padre a un museo de acordeones que pertenecía a un amigo de él; su madre, en casa, tenía una Fender. La música no era un plan: era el aire.
Entre el abuelo, los amigos y, más adelante, su pareja (hoy una pieza clave en su camino), Marian fue construyendo una relación íntima con el sonido. El arraigo emocional por su familia siempre estuvo presente, como una nostalgia latente que luego se filtraría en sus letras.
Antes de la música, las palabras
Antes que música, hubo palabras. Marian empezó escribiendo poesía desde muy chica. Durante años acumuló letras que no mostraba a nadie. “Nunca me animé a subir lo que escribía”, recuerda. Tenía un montón de textos guardados, sin destino. Hasta que algo cambió.
“Me di cuenta que me hacía bien”, dice sobre ese momento bisagra en el que entendió que escribir (y luego cantar) le permitía soltar lo que le hacía mal. Primero fue la poesía, después la música. No como ambición artística, sino como necesidad vital.
Lo casero como identidad
Sin recursos para un estudio de grabación, Marian se impulsó sola. Banda, celular y auriculares: ese fue (y sigue siendo) su estudio. Aprendió a grabar mirando tutoriales en YouTube, guiada más por la intuición que por la técnica. “Las limitaciones fueron algo para aprender a hacer las cosas caseras”, explica. Con el tiempo, eso dejó de ser un obstáculo y se volvió parte de su identidad.
“Para mí las cosas caseras hoy salen mejor”.
No improvisa ni hace freestyle: su fuerte es la letra. Escribe, pule, siente, y recién después canta. “Soy bastante friki”, se define entre risas, “porque escribo y después me amoldo”.
La herida sin maquillaje
El estilo de pikk on the sound es directo, sin filtros. “Habla mucho de mí”, admite. Angustia, dolor, sinceridad: hay una parte de ella que necesita salir para poder estar en calma. Los sentimientos más pesados se transforman en canciones que no buscan maquillar la herida, sino nombrarla.
Aun así, aclara que no todas sus canciones son autobiográficas. Algunas nacen de situaciones básicas del mundo real, observadas, imaginadas. Pero incluso ahí hay verdad emocional. “La hago más por mí que por los oyentes”, dice, aunque enseguida agrega su deseo más profundo: que quienes la escuchen puedan usar sus canciones como herramientas de desahogo.
“Que sirvan para algo”.
Cuando el otro también siente
Uno de los momentos que más la marcaron fue cantar en un centro cultural y ver gente llorar. “Me daba mucha intriga… yo decía: wow. Sentir eso desde muy chica me abrió mucho el corazón a la música”. Descubrió que lo que ella sentía podía generar emociones en los demás. Que su dolor no era sólo suyo.
Esa devolución es lo que hoy le genera satisfacción y agradecimiento. “Es muy gratificante… así me siento cuando escucho mis canciones”, confiesa.
Canciones como refugio
Si hay una canción que concentra su carga emocional, esa es “Ausencia en mí”. La define como la más sentida y la que más le gusta de su repertorio. Nació en un momento de desconexión profunda, cuando sentía que no encajaba en ningún lado. “Para volver a sentirme (no normal) sino completa”, explica.
Otra pieza clave es “Esperanza rota”, la canción que le regalaría al mundo. Fue una de las primeras que hizo y la que más la representó en su momento. A través de ella logró soltar una situación de su vida que no podía dejar atrás.
Si su vida fuese una canción ajena, sería “Luciérnagas” de Milo J. “Soy una persona bastante nostálgica”, dice. Alguien que recuerda el pasado con amor, aunque le cueste soltarlo.
De la maqueta al estudio
En 2019 aparecieron las primeras letras de pic, en una colaboración inicial con Jcr Music. Años después, esa canción se convertiría en su primera grabación en estudio. Le daba “cosita” grabar allí, pero la experiencia fue decisiva. “Es un temón y eso se lo agradezco mucho a Jota”.
La maqueta original de pic sobrevivió incluso a un cambio de celular: fue lo único que quedó, escrita a mano alzada sobre un beat de YouTube. En 2022 empezó a “maquinar” temas con más decisión, acompañada por su pareja, Luhizo, también músico, quien la impulsó y sostuvo en momentos clave. “Hoy estoy acá por él”, reconoce.
La canción “pic” forma parte del álbum Metanoia del artista Jcr Music, lanzado el 14 de febrero de 2025.
Paso a paso
Su primer EP, “Paso a paso”, lanzado el 9 de febrero de 2025, resume su filosofía: evolución lenta, proceso, caídas incluidas. Sin presión, sin apuro. Disfrutar y crear. Todavía graba desde el celular, aunque sueña con entrar a un estudio, animarse, perder ese pudor que aún le genera.
Le gusta el folklore y sueña con hacer reversiones, pero también escucha rock y trap. Su deseo no es la fama, sino estar presente en la vida cotidiana de alguien: sonar cuando alguien necesita una pausa, un momento a solas, un desahogo.
“Siento que ahí podría estar yo, que yo los podría ayudar”.
Una voz que acompaña
Y quizás esa sea la esencia de pikk on the sound: una voz que no promete respuestas, pero acompaña. Una artista que transforma el dolor en sonido para recordarnos que sentir, aunque duela, también puede salvar.

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