Empezó de chica, como empiezan las cosas que después se quedan para siempre. A los 13 o 14 años grabó por primera vez en un estudio, aunque el rap ya le venía sonando desde antes, por sus hermanos mayores. El hip hop estaba ahí, en la casa, en lo cotidiano. Y de todo eso, lo que más le atrapaba era esa forma de decir: el rapeo, lo crudo, lo directo. Su primera canción —que hoy recuerda medio borrosa— era de amor, con una base boom bap con tintes de jazz, medio romántica. Año 2013. Un comienzo simple, pero muy genuino.
Influencias y recorrido musical
Sus influencias no vienen de un solo lado. Hay una mezcla que la define: Snoop Dogg, Amy Winehouse, Eminem, Erykah Badu, Bob Marley. Hip hop, soul, reggae, jazz. “Soy una mezcla de todo”, dice, y en esa mezcla encuentra su identidad, siempre tirando un poco hacia el soul.
Su camino en la música no fue rápido ni lineal. Fue, como ella lo nombra, “espaciado”. Se dio tiempos, probó, descartó, volvió a empezar. Pasó por distintos géneros —bossa nova, dancehall, bachata— y dejó mucho material en el camino. Canciones que no salieron, ideas que se perdieron, pero que igual formaron parte de su proceso. “Como artista siento que todo se puede mejorar un poco más”, explica, y ahí está su forma de crear: no apurarse, pulir hasta que realmente le guste.
Hasta que en un momento algo hizo clic. Entre 2018 y 2019, después de tocar todos los fines de semana en bares, plazas y eventos, le tocó ser telonera de Cazzu en Comodoro. “Pasar de cantar para menos de 100 personas a ser telonera de Cazzu fue una locura”, cuenta. Y en esa locura hubo una certeza: “esto es lo que quiero para mi vida”.
La música, el amor y la maternidad
A la hora de escribir, no hay una sola forma. A veces lo hace porque sí, porque está inspirada. Otras veces, desde algo más profundo: una emoción propia o una historia ajena. “No es lo mismo hacer un video hablando de algo que hacer una canción que conecte con alguien”, dice. Para ella, la música vibra distinto, llega más hondo. Es terapia. Es una forma de ayudar, de acompañar. “Poder dar un mensaje desde ahí es re lindo, significa muchísimo”.
Y mientras todo eso crecía, su vida también cambiaba. El amor llegó y marcó un antes y un después. “Mi vida no cambió cuando me casé, cambió cuando lo conocí a él”, dice, dejando claro que el vínculo fue el verdadero punto de quiebre. Habla del amor como algo que se construye, que se aprende, que atraviesa momentos buenos y malos. “No hay nada más lindo que amar y aprender a estar con alguien que te hace bien”.
Después vino la maternidad, y con ella, otro mundo. “Fue increíble”, dice, pero también lo nombra con responsabilidad: no es un juego, es una decisión enorme. Su hija fue buscada, deseada, profundamente amada. Y con ella llegaron sensaciones nuevas: una felicidad inmensa, pero también miedos que antes no existían. “Nunca sentí tanto miedo como cuando te convertís en mamá”, confiesa, hablando de ese cuidado constante, de esa alerta permanente.
El presente y los sueños pendientes
Su vida personal, inevitablemente, se mezcla con su música. A veces aparece directamente en lo que escribe, otras no tanto, depende del momento, del género, de lo que esté viviendo. Pero está.
Hoy, el mayor desafío no es crear, es el tiempo. Vive lejos de su familia, de sus amigos, de su red de apoyo. En el día a día son su hija, su pareja y ella. Muchas veces, solo ellas dos. Y ahí todo se vuelve más intenso. Quiere grabar, avanzar, producir, pero su hija necesita atención, comida, cuidado. “Nunca terminás de hacer todo”, dice, y en esa frase entran muchas cosas.
A veces aparece la sensación de estar perdiendo tiempo. Pero también la cuestiona. “Tiempo para hacer música tengo hasta que me muera, pero su infancia dura muy poco”, dice, y ahí cambia todo. Porque entiende que no está perdiendo nada: está eligiendo. Está priorizando algo que no vuelve. “No me estoy perdiendo nada, estoy ganando mucho”, agrega, y esa decisión pesa, pero también sostiene.
Su hija, además, la inspira. Aparece en líneas, en ideas, en momentos donde la música se cruza con la vida. Aunque todavía no haya sacado esas canciones, están ahí, latiendo.
Cuando habla de lo que quiere transmitir, no lo limita. “Me gusta transmitir todo”, dice. Seguridad, tristeza, pasión. Pero sobre todo, el disfrute. “Que la gente goce mi música”, que la sienta sin tener que pensarla demasiado. Que conecte.
Y cuando mira hacia adelante, hay algo muy claro: quiere que su hija esté orgullosa. “Que no tenga vergüenza de su mamá”, que vea el esfuerzo, el camino, todo lo que hubo detrás. Que entienda que hacer lo que a uno le gusta siempre vale la pena.
Todavía quedan cosas por cumplir: sacar un álbum, tocar fuera de Chubut, vivir de la música. Sueños grandes, sí, pero posibles. Porque si algo tiene claro, es esto: “los sueños se cumplen si uno trabaja por ello”.






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